Durante las vacaciones de Navidad, los niños pasan muchas horas en casa, entre comidas familiares, pantallas y juguetes nuevos. Al cabo de unos días, la energía se acumula y se nota. Salir un rato cada día, aunque haga frío, cambia el ambiente de toda la casa. No hace falta un plan complicado: basta con un poco de aire y algo que hacer.
Salir aunque haga frío
Abrigad bien a los niños, con gorro, guantes y bufanda, y salid a dar un paseo antes o después de la comida. Un juego de pilla-pilla en la plaza, unas carreras hasta la farola o una pelota en un rincón soleado funcionan bien. Si hay un parque cerca, llevad un termo de chocolate caliente y sentaos un rato al sol.
Los días de lluvia, montad un circuito en el salón con cojines, sillas y mantas. Saltar de un cojín a otro, gatear por debajo de una manta o mantener el equilibrio sobre una línea de cinta hacen que los niños se muevan sin salir. También se puede jugar al pañuelo, al escondite o a las estatuas, con los primos si están de visita.
Las reuniones familiares son una buena oportunidad para jugar juntos. Después de la comida, en vez de que todos se queden en el sofá, proponed un paseo en grupo, una partida de pelota o un juego en el que participen desde los abuelos hasta los más pequeños. Los niños disfrutan cuando los mayores se mueven con ellos, y los mayores lo agradecen aunque no lo digan.
Estrenar los regalos
Una pelota, una comba o un aro que llegue como regalo puede estrenarse enseguida, antes de que se quede olvidado en una caja. Salir a probarlo juntos es un buen modo de añadir un momento activo al día y de que el regalo tenga historia desde el primer día.
Estableced una pequeña rutina: una salida por la mañana o después de comer. Así los días se organizan y hay algo que esperar. Hablad de lo que os gustaría hacer al día siguiente. Cuando terminen las vacaciones, los niños recordarán las tardes de paseo y los juegos improvisados casi tanto como los regalos.